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ENTRE LINEAS

El lado oscuro

No quiero ser inmortal

No quiero ser inmortal

Llevo tiempo pensándolo y he llegado a la conclusión que no me gustaría ser inmortal. Ninguna fuerza del universo, por atribuirle el poder de concesión de la inmortalidad a algo, garantiza que la inmortalidad afecte por igual al cuerpo que a la mente. Francamente, a mi me horrorizaría mirarme cada día en el espejo y ver cómo mi cuerpo se va deteriorando y que nada cambie por dentro. No soportaría que mis pensamientos, mis gustos, mis caprichos, continuasen siendo los mismos que ahora tengo que, aunque ya no son los de un adolescente, se conservan bastante bien. Llevaría muy mal que el tiempo se hubiese detenido por dentro, como si todo fuese fresco y reciente y que, por fuera no me reconociese.

 

Pero eso no es lo peor. Lo peor sería ir viendo cómo se te van muriendo familiares y amigos. Al dolor que eso me produciría, mis únicos actos sociales serían el acudir a los entierros. Y no me gusta pasarme todo el día de cementerio en cementerio. Siendo inmortal me quedaría solo y sería un ser triste. Odio la soledad.

 

Además no estoy muy seguro en qué me convertiría y eso, a mí que soy una persona racional, me preocupa. Porque claro,  si el cuerpo se va deteriorando, llegará un momento en que se pudra y no quede nada de él. Y eso sin contar que, como sería inmortal y no me afectaría nada, mientras se pudre iría andando por la calle tan tranquilo, lleno de ávidos gusanos por ver quién se come antes el último pedazo de no sé sabe bien qué parte de mi cuerpo. ¡! Que horror ¡! Ya me imagino a la gente mirándome por la calle y criticándome y yo, que no tendría ni ojos, ni lengua, ni boca para replicar, a aguantar las impertinencias y los insultos que me dijesen. Claro, que como no tendría ni orejas, ni trompa de Eustaquio que funcionase, no me enteraría de nada. Pero no puedo evitar que me cause desazón el pensarlo.

 

Y mi futuro no estaría nada claro. Vamos, que no lo veo porque, si me quedo sin cuerpo porque se lo han comido los gusanos, ¿qué voy a ser? ¿viento? Eso es una incomodidad y me fastidia que, cada vez que sople otro más fuerte que yo, se me lleve a dónde no quiera ir.  La verdad, a medida que voy avanzando en este escrito, estoy más convencido de la inutilidad de ser inmortal porque sin gusto, tacto, olfato, vista y oído ¿qué sentido tiene serlo? ¡Menudo aburrimiento me esperaría!

 

Así que mejor me quedo en mi condición de mortal. Total aquí, bajo tierra dónde me encuentro ahora, con alojamiento gratis, sin pagar impuestos, acompañado de estos animalitos tan simpáticos que me suben por el cuerpo haciéndome cosquillas y, con  personas ahí fuera que, seguro, siempre me recordarán con cariño, tampoco se está tan mal.

 

Dulces sueños

Dulces sueños

Se despertó sobresaltado y sudoroso. Un sueño angustioso en el que había escuchado nítidamente la voz de su amante pidiéndole auxilio, provocó su repentina vigilia. Pasados los segundos que se tardan en cruzar la frontera del mundo de los sueños, se quedó sentado en la cama, observando como la luz de la Luna llena se colaba a través de las rendijas de la persiana iluminando tenuemente la estancia. El silencio era tan evidente, que acercó el oído a la cara de su pareja para comprobar su respiración, como si temiese que algo terrible le hubiese sucedido. Estaba profundamente dormida… como su deseo por ella. A pesar de eso, de que la pasión por Ana se había agotado, Juan permaneció fiel a su compromiso. La plácida convivencia de más de veinte años de matrimonio, forjó una amistad y un cariño que le hizo inmune a cualquier ataque de enamoramiento que le proporcionaban sus continuas correrías extramatrimoniales.

 

El grito ahogado en el sueño de su última amante, le inquietó. Luisa, que así se llamaba, había entrado en su vida hacía tres años y la relación con ella fue diferente a todos sus anteriores devaneos desde un principio. Representaba todo aquello que le estaba prohibido, todo lo que le es vedado a una pareja convencional, que hace de sus relaciones extraconyugales, la válvula de escape por donde respira su estabilidad. Era una relación oscura, gótica, morbosa, indecente y pasional, muy pasional basada en el dominio de la mente y el imperio de la impostura. Luisa era el lado oscuro de Juan y él lo era de ella, pero no por ser oscuro dejaba de aportar claridad a los sentimientos de Juan. Él, un hombre maduro, de apariencia respetable y burguesa, sabía muy bien lo que quería y era a Luisa. Esa mujer que alertaba su conciencia y excitaba como nadie su cuerpo, aún sin verla, aún sin tocarla.

 

Por eso y por el despiadado desdén con que a veces lo trataba, dejó que se colara hasta el mismísimo corazón de su alma apoderándose de ella.

 

Por eso tampoco le extrañó que le pidiese ayuda a través de su sueño. Así, en plena madrugada, Juan decidió ir en su búsqueda, pero ¿dónde? No sabía dónde encontrarla. Salió a la calle. La ciudad dormía y, de repente, sintió a sus espaldas una extraña corriente de aire que lo empujaba. “Sigue al viento” recordó que una vez Luisa le dijo “El viento del norte te llevará hasta mí”. No se sorprendió que el viento soplase únicamente para él. Los árboles de un parque cercano permanecían inmóviles. Miró al cielo. Ni una nube. Silencio absoluto. Quietud total. Parecía que no solo la ciudad, sino el Universo entero estuviesen dormidos. Todos menos Juan y su deseo de encontrarse con Luisa.

 

El viento condujo a Juan hasta las afueras de la ciudad y, una vez hubo dejado atrás la última casa, el último vestigio de hormigón, la corriente de aire lo empujó hacia un camino secundario. Juan no conocía esa vía a pesar de haber vivido siempre en aquella ciudad. Pero ni se sorprendió, ni ello le hizo desistir de sus propósitos. Quería llegar cuanto antes junto a su amada. Anduvo más de dos horas por aquél camino que, cuanto más recorrido tenía, más ganaba en espesura, tanta, que Juan no encontraba casi aire para meter en sus pulmones aún teniéndolo todo para él. Llegó a un claro del bosque que la Luna llena, en todo lo alto de la bóveda celeste, se encargaba de iluminar. La corriente de aire paró de repente, señal inequívoca de que habían llegado a su destino. De entre unos matorrales apareció una figura que se llevó hacia ella toda la luz de aquél espacio del bosque. Era una mujer. Era Luisa. Su amante, su amada. La imagen, bañada por los rayos de luz de la Luna, le daba una luminosidad que le hacía parecer divina. Hermosa. Sobre su cuerpo una capa negra que le llegaba más abajo de sus pantorrillas.


 


 

“Acércate Juan, te necesito para no morir”, le dijo Luisa en un tono suave y calmado que no parecía albergar la gravedad que significaban aquellas palabras. Juan se acercó a su amante sin dejar de mirar a sus ojos y, antes de que Juan pronunciase palabra, Luisa continuó hablando. “Debo beber tu sangre”. Sin dudar él le ofreció el cuello. Luisa aún lo acercó más tirándole dulcemente de las manos. Abrió su capa. Lo arropó como a un niño y posó sus labios sobre la yugular del cuello de Juan. Tuvo un pequeño escalofrío al sentir el contraste de la frialdad de los labios de Luisa, con el calor de su piel, regada aún con su sangre, esa sangre que sería néctar de vida para su amada. Sintió el afilado aguijonazo, de los dientes clavándose en el cuello y notó como la sangre se escapaba a borbotones por los orificios que perforaban su yugular. Lejos de sentir dolor, experimentó un inmenso placer en aquél viaje a ninguna parte. Sabía que la vida se le estaba escapando… Se iba diluyendo en un éxtasis de sublimes delicias… No le importaba porque marchaba a una tierra de hechizos desconocidos…

 

Juan se despertó sobresaltado y sudoroso. El sol del mediodía que insultante golpeaba las paredes de la habitación, hizo que los ojos se le cerrasen en un guiño grotesco, intentando expulsar aquella súbita invasión de luz. Instintivamente alargó su mano hacia la derecha buscando el cuerpo de Ana para que lo calmase. Ahí estaba, dormía plácidamente a su lado…

 

¿Dormía?... El forense diagnosticó que Ana se desangró durante el sueño. Nadie pudo explicar cómo no dejó una gota de sangre en su pijama o en las sábanas. No existía razón científica para lo sucedido, como tampoco nadie advirtió dos pequeñísimos orificios en el cuello de Ana, justo en la piel que tapaba su yugular.

Me duele la cabeza

Me duele la cabeza

Finalmente he vencido a la epicondilitis. Los oficios de mi santero y unos ejercicios específicos en mi brazo izquierdo en el gimnasio, han hecho desaparecer el dolor que me ha martirizado durante tres años. La conclusión es que ejercitar el brazo sometiéndolo a terapias adecuadas, ha obrado el milagro. No hay nada como utilizar los miembros para que funcionen correctamente… Tendré que cuidarme este dolor de cabeza que no se me quita desde hace meses.

De otra galaxia

De otra galaxia

A los extraterrestres se les ocurrió visitar el planeta Tierra para estrechar lazos de amistad con otras civilizaciones, que como la suya, fuesen inteligentes. El lugar escogido para el encuentro fue la ciudad de Barcelona, en Catalunya. El día, un siete de marzo. La hora aproximada del descenso de la nave interplanetaria la situaron entre las 20’30 y las 22’30 horas de la medición terrestre.

 

Llegado el día, sobre las 21 horas terrestres, la nave espacial se posó sobre la Plaza Catalunya, el corazón de la ciudad, decían los informes de aquellos seres venidos de otro mundo. Les extrañó que ningún habitante del planeta les fuese a recibir. Su sorpresa fue en aumento cuando, al salir de la nave, encontraron la plaza vacía, solo el viento circulaba por ella.

 

Los alienígenas decidieron subir a la nave y recorrerse la ciudad para ver si encontraban algún rastro de sus habitantes. Así que, a escasos cien metros del suelo, enfilaron el Paseo de Gracia hasta llegar al cruce con la Diagonal. En su recorrido, los tripulantes oteaban las calles a través de las ventanillas del vehículo espacial. Nada. Ni atisbo de vida.

 

 

“Pí, pí”, sonó tenuemente el radar, en el puente de mando. “¡¡xry999!!”, se dirigió a quién parecía su superior el humanoide de ojos vivarachos sin apartar la vista de la pantalla del radar, “se detecta una fuente de calor a una milla terrestre de donde nos encontramos”. “¡Vamos hacia allá, deprisa”, ordenó xry999 con excitación evidente. Así que el platillo volante enfiló la Diagonal cuando esta se orienta hacia la montaña.

 

“Pí, pí, piiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii”, el sonido de radar era ahora claramente audible en todo el puente de mando. Las cabezas de aquellos seres se agolparon en las ventanillas de la nave, atraídos por un fuerte haz de luz que provenía justo debajo de dónde se encontraba la nave. Un griterío ensordecedor e ininteligible para aquellos seres atronaba en todos los rincones de la nave... "¡¡Oooooeeeeeeoooooeeeeeeeeooooooeeeeeeoooooeeee!!" “¡Ahí están! ¡Ahí están!” chillaban alborozados los hombrecillos de más allá de las estrellas “¡¡Por fin los hemos encontrado!!”.

 

 

Bajo la nave espacial, nadie de los más de ciento ocho mil humanos que rodeaban el césped del “Nou Camp”, se percató de la presencia del enorme vehículo interestelar. Y si alguien reparó en ella no le hizo caso. Sus héroes de otro mundo estaban ya allí, vestidos de azul y grana.

El perro verde se ha vuelto loco en la colina al ver ratones ‘coloraos’

El perro verde se ha vuelto loco en la colina al ver ratones ‘coloraos’

Descubrí a Jesús Quintero en mis veladas y desveladas radiofónicas nocturnas. Era la época de adolescente-universitario, en la que la sangre discurría por la vena revolucionaria y el régimen imperante hedía a cadáver en descomposición. Jesús Quintero me atrajo a su programa de inmediato en las golfas horas de la madrugada, con una sola frase que servía de presentación al que entonces se llamaba en las ondas “El Perro Verde”. El programa en cuestión se iniciaba con la siguiente locución:


“Cuando era joven luchaba por cambiar el mundo. Ahora lucho porque el mundo no me cambie a mi”


Esa frase era el compendio de lo que había sido mi etapa de ingenuo adolescente, a la vez que una advertencia a lo que me vendría después de adulto presuntamente astuto. Seguí a Quintero durante muchos años en la radio, era una especie de ‘santo y seña’ de la resistencia contracultural que vivíamos y un referente en la entrevista que denomino de “autor”.


Hoy viendo a Jesús Quintero entrevistando a “freaques”, “folclóricas”, “floclóricos”, “presuntos intelectuales” y demás personajes y personajillos hijos del gran hermano, haciéndoles preguntas sobre amores y gestión de su vida sexual, empleando aquella cadencia silenciosa que le imprimió carácter de mito de las ondas, pienso que el otrora original entrevistador, ha perdido su lucha con el mundo.

Teoría del infierno

Teoría del infierno

La siguiente pregunta fue hecha en un examen trimestral de química en la Universidad de Toledo.

La respuesta de uno de los estudiantes fue tan "profunda" que el profesor quiso compartirla con sus colegas, vía Internet, razón por la cual podemos todos disfrutar de ella.


Pregunta: ¿Es el Infierno exotérmico (desprende calor) o endotérmico (lo absorbe)?


La mayoría de estudiantes escribieron sus comentarios sobre la Ley de Boyle (el gas se enfría cuando se expande y se calienta cuando se comprime).


Un estudiante, sin embargo, escribió lo siguiente:


"En primer lugar, necesitamos saber en qué medida la masa del Infierno varía con el tiempo. Para ello hemos de saber a qué ritmo entran las almas en el Infierno y a qué ritmo salen. Tengo sin embargo entendido que, una vez dentro del Infierno, las almas ya no salen de él. Por lo tanto, no se producen salidas.


En cuanto a cuántas almas entran, veamos lo que dicen las diferentes religiones. La mayoría de ellas declaran que si no perteneces a ellas, irás al Infierno.


Dado que hay más de una religión que así se expresa y dado que la gente no pertenece a más de una, podemos concluir que todas las almas van al Infierno.


Con las tasas de nacimientos y muertes existentes, podemos deducir que el número de almas en el Infierno crece de forma exponencial. Veamos ahora cómo varía el volumen del Infierno. Según la Ley de Boyle, para que la temperatura y la presión del Infierno se mantengan estables, el volumen debe expandirse en proporción a la entrada de almas.


Hay dos posibilidades:


1. Si el Infierno se expande a una velocidad menor que la de entrada de almas, la temperatura y la presión en el Infierno se incrementarán hasta que éste se desintegre.

2. Si el Infierno se expande a una velocidad mayor que la de la entrada de almas, la temperatura y la presión disminuirán hasta que el Infierno se congele.

¿Qué posibilidad es la verdadera?:


Si aceptamos lo que me dijo Teresa en mi primer año de carrera ("hará frío en el Infierno antes de que me acueste contigo"), y teniendo en cuenta que me acosté con ella ayer noche, la posibilidad número 2 es la verdadera. Doy por tanto como cierto que el Infierno es exotérmico y que ya está congelado. El corolario de esta teoría es que, dado que el Infierno ya está congelado, ya no acepta más almas y está, por tanto, extinguido... dejando al Cielo como única prueba de la existencia de un ser divino, lo que explica por qué, anoche, Teresa no paraba de gritar "¡Oh, Dios mío!


Dicho estudiante fue el único que sacó "sobresaliente”

Amor… tan frágil… tan violento

Amor… tan frágil… tan violento

Lo encontraron a las siete de la mañana en un banco de un parque público de Barcelona, hace ya… muchos años. Estaba sentado, con los ojos cerrados y la cabeza inclinada hacia delante, en esa posición que se adopta cuando el sueño vence la batalla a la vigilia. Era un hombre joven, no más de veinticinco años. Su mano derecha encerraba un papel en el que, el policía que examinó el cadáver, pudo leer:


"Si me quieres matar dime que ya no me amas... ¡ y moriré !"


¡ Feliz día de San Valentín a tod@s ¡

El nombre de la muerte (1ª parte)

El nombre de la muerte (1ª parte)

Es curioso pero cuando alguien fallece, sus familiares siempre ponen el nombre completo al muerto o a la muerta en la esquela o los recordatorios que reparten en los funerales, mientras que al referirnos a los familiares del finado o finada, se obvian los apellidos y aparecen por sus nombres de pila en una leyenda que, más o menos, dice: “sus afligidos esposo Juan, hijos Dorotea, Manuela”.

Este hecho se hace más evidente cuándo el fallecimiento de alguien es consecuencia de algún homicidio o asesinato y la noticia se publica en los periódicos. Al muerto se le suele citar por el nombre completo, no así a los autores del crimen que siempre aparecen con sus iniciales. Es frecuente leer noticias del estilo de: “Dos individuos, R.P.B. y O.P.S., apalearon a Mª Dolores Pérez Pérez para robarle el bolso. A consecuencia de los golpes Mª Dolores Pérez Pérez, que fue atendida por los servicios del 061, falleció cuando era trasladada al hospital. Los presuntos autores fueron detenidos por la policía en su domicilio donde dormían tranquilamente”. El argumento, dicen, es porque nadie es culpable hasta que no se demuestre lo contrario y mientras sean ‘presuntos’ no se les puede vulnerar sus derechos entre ellos, el derecho a la intimidad.


Así pues la primera consecuencia de la muerte no es perder la vida, valga la redundancia, sino que es la pérdida de la condición de igual con los vivos. Por eso estos se apresuran a ceder el nombre del que fallece a la muerte, para alejarla de ellos como si fuese algo indigno, como queriendo decir “la muerte no va con nosotros”.

Mala suerte

Mala suerte Decir que hoy es martes y trece es una obviedad. Escribir que es un día que nos traerá mala suerte es una gilipollez. No obstante como el veintidós no me toque el décimo de lotería que hoy ha comprado la secretaria, la pongo de patitas en la calle. También  cumpliré a pies juntillas el dicho popular porque hoy ni me embarcaré, ni me casaré. Todo ello me lleva ha llevado a preguntarme algo que atormenta mi existencia ¿Me estoy volviendo supersticioso o gilipollas?   

Lo que te puedes encontrar al doblar una esquina

Lo que te puedes encontrar al doblar una esquina Ella es hija de la diosa Diana. Se llama Alea. Adquirió de su madre la fuerza interna para la lucha cotidiana y de su padre, un brillo especial que le hacía iluminar la noche más oscura o ser la luz en los momentos en que en su ciudad había eclipse de sol.

 

 

 

Él nadie sabe de dónde vino y quienes fueron sus padres. Podría pertenecer a cualquier época aunque, por su aspecto, era probable que perteneciera a la galaxia de Orión. De su aspecto lo más notable era que su vida y carácter polifacético se le delataba en el físico. Tenía aquél toque esencial de todo aquello que podía ser o estar.

 

 

 

Se encontraron al doblar una esquina de un parque, cualquier día de lluvia, de nieve, viento o de sol.

 

 

 

El parque tenía arena, mar, un lago natural con nenúfares, ninfas y faunos. Doblando otra esquina, se encontraron con sus otros “yos y egos” sumergidos en la raza humana de la que habían asimilado todas sus consecuencias. Se miraron, se saludaron y empezaron a andar juntos hasta que se perdieron en la inmensa ciudad.

 

 

 

Aún hoy se les ve de vez en cuando paseando por los parques de hormigón con flores hechas de revistas de “cómics” y estanques de aguas marrones.

 

La Noche

La Noche

La naturaleza de la Noche es la más parecida a la del Universo.


Está llena de secretos e historias, tantos como los que inventamos al ver las estrellas que inútilmente tratan de darle algo de su luz. Escúchalos. Tal vez puedas oírlos en los murmullos del viento cuando rompe su silencio al traspasarla, porque la Noche es tan suave que la atraviesas sin notar su roce.


Pero la hueles.


Percibes  como su esencia oscura atraviesa tu piel y se impregna en ella… Y tú en ella en una fusión única e irrepetible. Porque cada Noche es distinta a la anterior y a la que vendrá.


Pero la conoces.
 

La Noche oculta  lo que el Sol no dice… Lo que se disimula… Lo que miente el corazón. Y, bajo su negro manto, afloran miedos, se avivan pasiones, se confunden deseos y se aplaca la embriaguez de la ilusión.
 

Pero la buscas.
 

En la Noche descansa la memoria de soledades pasadas, amores desterrados, sentimientos que nacen y se sumergen en perenne contradicción con los sentidos adormecidos.
 

Pero la sueñas.
 

En la noche se encienden hogueras que queman por igual las esperanzas y las desilusiones que trajo el día. Tu danza de vida, se acompasará inexorablemente al ritmo de las llamas del fuego, consumiendo otra etapa. Y sabes que llegará otra noche más en que se repita el ritual.
 

Sin embargo, anhelas que venga otra Noche para continuar soñando y poder así escapar de sus sombras.

Suicidios

Suicidios

Los suicidas  no suelen avisar en qué momento van a quitarse la vida. Si realmente quieren matarse no van diciendo por ahí a conocidos, familiares y amigos “Que me mato tal día en este lugar” como si de la invitación a un espectáculo se tratase. El suicidio es un acto solitario y silencioso. Sin luz, ni taquígrafos ya que solo de ese modo puede tener éxito la acción de suicidarse. Aquellos y aquellas que “dejan” pistas o anuncian que se van a quitar la vida, en realidad no quieren morir. Lo que están haciendo es llamar la atención porque quieren ayuda y no saben o no quieren pedirla de otra manera. Un suicidio con márqueting es un acto lleno de orgullo y egoísta. En cambio, el suicidio en soledad y silencio, para mi, es un acto generoso y humilde. Digo o mejor, escribo, esto porque el que publicita sus actos lo hace para conseguir, mediante la vía del “me tiro”, algo en su beneficio. No piensa que su acción mantendrá en vilo y preocupará a sus seres queridos y amigos. Tampoco le importa el consumir recursos de otros u otras en su propio beneficio cuando se les atienda cuando le tengan que lavar el estómago o coserle los cortes de las muñecas, por ejemplo. A eso se le llama egoísmo. Luego está el orgullo. El orgullo de no haber pedido ayuda cuando se necesita. Sin ambages. Claramente. Pero antes que hablar preferimos el chantaje. El chantaje jugando con la propia vida.


En el otro extremo está el suicida generoso y humilde. Generoso porque su último acto ha sido efectivo, sin aspavientos y sin  dolores añadidos. Su muerte comportará, como mucho, unos días de dolor a sus deudos y ya está. Y si no es así, debéis pensar, que a fin de cuentas era lo que deseaba. Y es humilde porque el llegar a ese estado de desesperanza o desesperación, significa que ya has agotado todos los recursos posibles solicitando ayuda a tu prójimo. Ese suicida ha tenido la suficiente humildad como para pedir ayuda que no le han sabido dar o era una ayuda equivocada. 


 No intento hacer aquí un estudio sobre el suicidio, ni tan siquiera me atrevo a intentar una reflexión sobre ello. Si alguien ve en este escrito algún atisbo de querer teorizar sobre el suicidio, debe saber que esa no ha sido ni es  mi intención. Lo que pretendo es trasladar la simbología del suicida al mundo de los diarios. Un suicida “diarer@” se asemeja bastante al suicida vital. Entendamos como suicidio en este mundo la desaparición  voluntaria del mundo de los diarios. Y esto se puede hacer de dos maneras. Una en silencio y sin anuncios “publicitarios”. La otra desplegando toda una información sobre cuándo, cómo e, incluso en muchas ocasiones, el porqué. L@s primer@s son los que en realidad quieren irse, desaparecer. L@s segund@s no. L@s segund@s están pidiendo ayuda a través del chantaje emocional y no es su intención el desaparecer. De hecho l@s que lo hacen, regresan a este universo con distintas apariencias.


No empleo la palabra “chantaje” en sentido peyorativo. Tampoco la utilizo para menospreciar a quién avisa de su voluntad de abandonar y no abandona o se recicla en otros lugares. Incluso desde estas páginas se hizo un amago en ese sentido hace muy pocos días, aunque el ánimo estaba más en provocar, que en hacer, aclaro. Interpretemos pues esos anuncios de muerte inminente, como solicitud orgullosa de ayuda de aquell@s que no saben o no quieren  explicarse de otra forma. Entendamos, de una vez, que tenemos la palabra para comunicarnos, para explicarnos. Es el único hecho diferencial que nos distingue de los animales. Cuando la utilizamos.  

Necesidades

Necesidades Desde mi lado no se si los muertos necesitan aspirinas o tristeza…
…pero quizás necesitan lluvia.

No se ponen zapatos…
…pero les es imprescindible un lugar por donde caminar.

Tienen suerte porque no fuman…
…pero necesitan un lugar donde arder.

Arder requiere espacio y un lugar para volar…
…pero para eso los muertos no me necesitan…
…Ni los vivos.

Quizás los muertos se necesitan unos a otros.

Quizás necesitan todo lo que nosotros necesitamos…
…y necesitamos tanto.

Si supiéramos que es…
… probablemente es todo
… y probablemente todos nosotros moriremos tratando de conseguirlo…

…O moriremos porque no lo conseguimos.

Espero que, cuando yo esté muerto, comprendáis que conseguí tanto como pude.

¿Te vienes?

¿Te vienes?

Vivo rodeado de convencionalismos, sonrisas encajadas, cariños encorsetados, editores de fotocopias de libros de poemas, consejos de prospecto, deporte de asfalto, guías urbanas, líneas trazadas, educados desprecios, retazos de sueños en las papeleras del alma, lluvia solitaria, letras de ansiedad, paneles indicadores, lienzos cautivos en inaccesibles museos, silencios ruidosos, soledades tumultuosas, propuestas para invertir la vida...

 

Si también tienes todo eso, enhorabuena, formas parte del lado claro y a buen seguro que nos encontraremos.

Pero hay otro lado donde no hay pautas ni líneas a seguir.

Donde cada día tiene un principio totalmente nuevo.

Donde olvidarás coger el metro de las siete y media, equivocarte de parada, podrás pisar los charcos, saltarte el semáforo en rojo, tomar el sol, hacer el amor oyendo el mar, coger carrera para saltar el precipicio de la angustia.

Cruzar la soledad por donde quieras…

Aprender a hacer volar tus sueños…

Allí me dirijo.

Al lado oscuro...

Sin linternas, ni antorchas. Solo llevo como equipaje la brújula de mis sentidos.

 

Sin comentarios

Sin comentarios Esta tarde salgo de viaje y no regreso hasta el sábado así que, por unos días, os dejaré sin escritos. Se que algun@s, l@s que más, lo lamentaréis y otr@s os alegraréis de ello no por las razones que estáis pensando sino porque, con la ausencia de mis palabras, os libráis de un competidor. Todo ello no es excusa para que no reciba vuestros comentarios aún pagando con mi silencio. Para una persona vanidosa y ególatra como yo, es imprescindible ver su página llena de glosas.


A cambio de ellas os prometo que no hablaré con nadie de que escribís diarios (vale, “blogs”) en “La Red”. De mis labios no saldrá ni una palabra sobre los pensamientos, historias, sentimientos que derramáis en vuestros escritos. Tampoco explicaré que dejáis vuestras palabras en otras páginas y, ni mucho menos, que os emocionan y a veces os enternecen lo que leéis. No diré nada de todo ello no vaya a ser que a quién comente, sea vuestr@ compañer@ de trabajo, cónyuge o amante ignorante, jefe o similares y os identifique ganando ventaja sobre vosotr@s o tengáis un disgusto familiar o laboral. No habrá en mi ni rastro de “bites”. Hasta negaré saber lo qué es un diario (de acuerdo, “blog”). Seré una tumba en cuanto a lo cibernético se refiere. Sellada, por supuesto.


Y si por casualidad me cruzo con algun@ de vosotr@s, haré como si no os conociera porque, claro, sino podemos hablar ni de nuestros pensamientos, ni de nuestras historias ni, claro está, de lo que sentimos ¿de qué vamos a conversar?. ¡!Ah ¡! ¡!Ya se. Podríamos hablar del tiempo!!. O no, porque para eso, ya tenemos al ‘hombre del ídem’ que nos lo explica con detalle por la “tele”. Pues si tampoco podemos hablar del tiempo, no nos queda otro remedio que hablar de sexo. E, indudablemente, practicarlo si se trata de ‘ellas’. ¿Os dais cuenta? Ya me estáis abocando de nuevo a ser un hombre como los demás y que siempre está pensando en lo mismo. Y eso que me he resistido. Hasta la vuelta.

Entrenador personal

En todo gimnasio burgués que se precie tiene que haber un servicio de entrenadores y entrenadoras personales. En el que estoy apuntado, como se precia, no iba a ser menos. Con la cuota de inscripción te regalan (eso dicen), dos sesiones con un entrenador “ad hoc”. Eso de que pongan a mi disposición un entrenador personal que esté dispuesto a hacerme la pelota e, incluso, ejercitar por mí aquellos ejercicios a los que no llego, me gusta. Es más, casi lo exijo dado el dineral que me cuesta el tratamiento muscular al que me estoy sometiendo.


Fuera bromas, el primer día de gimnasio se agradece el tener la orientación de alguien que sepa como manejar los aparatejos que se me antojaron diseñados por el marqués de Sade del culturismo. “Dios mío, ¡¡ pero cómo me voy a meter ahí ¡!”, pensaba. El equivocarte en el peso o en las posiciones de cualquier artilugio, puede suponer que, en plena acción moldeadora, se te descoyunte el cuádriceps o, lo que es peor, se te salga la hernia (inguinal) y aparezca un bulto más que sospechoso bajo el pantalón. Y ya no se lo que es peor, si el dolor que puede producirte una hernia salida inopinadamente o el ridículo de que te vean con un pantalón corto abultado por un lugar que no es el que debería ser.





A mi me tocó en suerte un entrenador. Un tipo profesional y curtido en estas lides de los gimnasios pijos. Enseguida congeniamos. Él sabía cómo “bientratarme” y yo le marqué los límites de mi maquinaria corporal. “Mi motor biológico es diesel”, le comenté. “Entendido”, me contestó. “Empecemos por el calentamiento”. Como andaba algo despistadillo en los términos olímpicos pensé que se estaba refiriendo a otro tipo de calentamiento. No he dicho que la escena transcurría a la uno del mediodía de un día laborable. Laborable para la inmensa mayoría de los hombres y mujeres que se ganan el pan con el sudor de su frente. Bueno, pues a estas horas, los gimnasios están llenos de señores y, sobre todo de señoras, que se ganan el pan con el sudor de aquéllos y aquellas y con el que les provoca el ejercicio que realizan. Podéis imaginaros los cuerpazos que se consiguen cuando no tienes mayor preocupación que dedicarte en alma a tu cuerpo. La visión de tanta “perfección” había calentado suficientemente mis bujías, a la vez que desalentó mi ánimo cuándo comparé mi cuerpo resultón con los “chasis” de diseño. Y en esos momentos de pesadumbre y dudas es cuando de verdad aprecias el tener a tu lado un entrenador “a medida”. Un profesional de la cabeza a los pies, pasando por los músculos que te ayude a superar esas crisis. Y el mío era todo un experto en el medio.


Pues bien, como en la cuestión del calentamiento me vió algo desorientado, me señaló hacia un aparato de esos en los que pones los pies y haces ver que caminas pero no te mueves. Para aprender a programar el cachivache, necesitas, como mínimo, una licenciatura en ingeniería de sistemas. Menos mal que a mi lado, solícito, estaba el paciente instructor apuntándome el manejo del mismo. Bueno, no quiero cansar con los resultados de mi ejercicio porque es algo baladí. Para resumir diré que creo que no seré seleccionado para las próximas Olimpiadas, ni para ninguna otra, cosa que ya imaginaba. Tampoco los resultados fueron tan desastrosos. Sin ir más lejos, me contaba el entrenador que algunas personas mayores de sesenta y cinco años, obtienen peores resultados que yo…el primer día. ¡Fantástico! ¡Eso es un maestro de la gimnasia! ¡Eso es infundir moral!


Pero no es en ese detalle dónde mi instructor particular demostró su valía como tal. Fue en la “suerte” de las máquinas donde dió el “do” de pecho. “Vamos a hacer abdominales”, me dijo. No se el porqué se imaginó podía necesitar modelar mis abdominales, tan preciosos y curvilíneos que los tengo. Como soy una persona no dada a polemizar le hice caso y me dispuse a seguir sus instrucciones. Así que me estiré en el suelo con la equivocada idea, como luego comprobé, de que iba a ser él quién me levantase la cabeza o, en su caso, las piernas. No fue así. “Debes hacer tres series de quince levantamientos, con un intervalo de treinta segundos entre serie y serie”. Mientras intentaba levantar la cabeza él iba contando mis elevaciones de testa. “Uno…dos… tres…cuatro…quince. Descanso…”. La verdad es que, al llegar al número diez ya no sabía a quién pertenecía mi cabeza, por Dios ¡que mareo!. “Segunda serie. Empecemos (sic)… Uno… dos… tres… cuatro…” Justo cuando llegaba al número cinco pasó por delante de mí uno de aquellos cuerpos de mujer, duros, tersos, lozanos “¡Pedazo de hembra!”, pensé. Y hete aquí que el entrenador, convertido en un profesional de tomo y lomo, elevando la voz lo justo para que aquél cuerpo de vicio lo oyese, continuó con su particular cuenta: “…ciento cinco… ciento seis… ciento siete… ciento ocho… Perfecto Líneas. Hoy bates el record del gimnasio…” No pude acabar la segunda serie de la risa que me cogió. Él tampoco pudo aguantarse. Así que ambos acabamos haciendo unos abdominales de pura risa.


Además de las dos sesiones que me obsequia el gimnasio he contratado, de momento, a mi entrenador personal, para dos sesiones más. Esta vez pagando. Y es que, tan importante como la gimnasia del cuerpo, lo es aún más la del espíritu.

Entrenador personal

En todo gimnasio burgués que se precie tiene que haber un servicio de entrenadores y entrenadoras personales. En el que estoy apuntado, como se precia, no iba a ser menos. Con la cuota de inscripción te regalan (eso dicen), dos sesiones con un entrenador “ad hoc”. Eso de que pongan a mi disposición un entrenador personal que esté dispuesto a hacerme la pelota e, incluso, ejercitar por mí aquellos ejercicios a los que no llego, me gusta. Es más, casi lo exijo dado el dineral que me cuesta el tratamiento muscular al que me estoy sometiendo.


Fuera bromas, el primer día de gimnasio se agradece el tener la orientación de alguien que sepa como manejar los aparatejos que se me antojaron diseñados por el marqués de Sade del culturismo. “Dios mío, ¡¡ pero cómo me voy a meter ahí ¡!”, pensaba. El equivocarte en el peso o en las posiciones de cualquier artilugio, puede suponer que, en plena acción moldeadora, se te descoyunte el cuádriceps o, lo que es peor, se te salga la hernia (inguinal) y aparezca un bulto más que sospechoso bajo el pantalón. Y ya no se lo que es peor, si el dolor que puede producirte una hernia salida inopinadamente o el ridículo de que te vean con un pantalón corto abultado por un lugar que no es el que debería ser.





A mi me tocó en suerte un entrenador. Un tipo profesional y curtido en estas lides de los gimnasios pijos. Enseguida congeniamos. Él sabía cómo “bientratarme” y yo le marqué los límites de mi maquinaria corporal. “Mi motor biológico es diesel”, le comenté. “Entendido”, me contestó. “Empecemos por el calentamiento”. Como andaba algo despistadillo en los términos olímpicos pensé que se estaba refiriendo a otro tipo de calentamiento. No he dicho que la escena transcurría a la uno del mediodía de un día laborable. Laborable para la inmensa mayoría de los hombres y mujeres que se ganan el pan con el sudor de su frente. Bueno, pues a estas horas, los gimnasios están llenos de señores y, sobre todo de señoras, que se ganan el pan con el sudor de aquéllos y aquellas y con el que les provoca el ejercicio que realizan. Podéis imaginaros los cuerpazos que se consiguen cuando no tienes mayor preocupación que dedicarte en alma a tu cuerpo. La visión de tanta “perfección” había calentado suficientemente mis bujías, a la vez que desalentó mi ánimo cuándo comparé mi cuerpo resultón con los “chasis” de diseño. Y en esos momentos de pesadumbre y dudas es cuando de verdad aprecias el tener a tu lado un entrenador “a medida”. Un profesional de la cabeza a los pies, pasando por los músculos que te ayude a superar esas crisis. Y el mío era todo un experto en el medio.


Pues bien, como en la cuestión del calentamiento me vió algo desorientado, me señaló hacia un aparato de esos en los que pones los pies y haces ver que caminas pero no te mueves. Para aprender a programar el cachivache, necesitas, como mínimo, una licenciatura en ingeniería de sistemas. Menos mal que a mi lado, solícito, estaba el paciente instructor apuntándome el manejo del mismo. Bueno, no quiero cansar con los resultados de mi ejercicio porque es algo baladí. Para resumir diré que creo que no seré seleccionado para las próximas Olimpiadas, ni para ninguna otra, cosa que ya imaginaba. Tampoco los resultados fueron tan desastrosos. Sin ir más lejos, me contaba el entrenador que algunas personas mayores de sesenta y cinco años, obtienen peores resultados que yo…el primer día. ¡Fantástico! ¡Eso es un maestro de la gimnasia! ¡Eso es infundir moral!


Pero no es en ese detalle dónde mi instructor particular demostró su valía como tal. Fue en la “suerte” de las máquinas donde dió el “do” de pecho. “Vamos a hacer abdominales”, me dijo. No se el porqué se imaginó podía necesitar modelar mis abdominales, tan preciosos y curvilíneos que los tengo. Como soy una persona no dada a polemizar le hice caso y me dispuse a seguir sus instrucciones. Así que me estiré en el suelo con la equivocada idea, como luego comprobé, de que iba a ser él quién me levantase la cabeza o, en su caso, las piernas. No fue así. “Debes hacer tres series de quince levantamientos, con un intervalo de treinta segundos entre serie y serie”. Mientras intentaba levantar la cabeza él iba contando mis elevaciones de testa. “Uno…dos… tres…cuatro…quince. Descanso…”. La verdad es que, al llegar al número diez ya no sabía a quién pertenecía mi cabeza, por Dios ¡que mareo!. “Segunda serie. Empecemos (sic)… Uno… dos… tres… cuatro…” Justo cuando llegaba al número cinco pasó por delante de mí uno de aquellos cuerpos de mujer, duros, tersos, lozanos “¡Pedazo de hembra!”, pensé. Y hete aquí que el entrenador, convertido en un profesional de tomo y lomo, elevando la voz lo justo para que aquél cuerpo de vicio lo oyese, continuó con su particular cuenta: “…ciento cinco… ciento seis… ciento siete… ciento ocho… Perfecto Líneas. Hoy bates el record del gimnasio…” No pude acabar la segunda serie de la risa que me cogió. Él tampoco pudo aguantarse. Así que ambos acabamos haciendo unos abdominales de pura risa.


Además de las dos sesiones que me obsequia el gimnasio he contratado, de momento, a mi entrenador personal, para dos sesiones más. Esta vez pagando. Y es que, tan importante como la gimnasia del cuerpo, lo es aún más la del espíritu.

Invisibles






Están ahí entre nosotros, viven en nuestras ciudades y pueblos y, sin embargo, no los advertimos.


Son invisibles.


Han adquirido ese apreciado don que a muchos nos gustaría tener sin proponérselo. No son espectros, ni zombies.


Son personas de carne y hueso como cualquier mortal. Pasan por nuestro lado y no los vemos.


Son los mendigos que se acercan a pedirnos limosna, de los que somos incapaces de recordar su cara.


Son los desheredados de nuestra avanzada sociedad civilizada que, cuando se cruzan en nuestro camino, cambiamos de acera procurando no mirarles a la cara no sea que nos asalten.


Son los drogadictos que se pinchan en nuestros parques, en nuestras calles, en nuestros barrios llamados marginales que preferimos ignorar, antes de que alteren nuestra pacífica y saludable vida.


Son las putas que campan por nuestras calles, esclavas de algún chulo que las maltrata.


Son los que hurgan en nuestras basuras, buscando algún despojo que llevarse a la boca.





Son los niños y las niñas que son explotados por alguna “respetable” multinacional que muchas veces nos viste a sabiendas de que, esos niños y niñas, continúan desnudos.


Son, en definitiva, los perdedores y perdedoras ya que sin ellos buscar esa naturaleza incorpórea, nosotros se la hemos otorgado cual preciado don, fruto de una magnanimidad propia de los dioses y diosas. Y es que, en definitiva, ellos, los invisibles, son simples humanos.

La Vergüenza






La cadencia del sonido del monitor donde se controlaban sus constantes vitales retumbaba en su cabeza. “Pi-pip-pi-pip-pi-pip”. El eco de la máquina se acompasaba mezclándose con el ruido que producía el respirador que asistía al aire para que entrase en los pulmones. “Uhff-Uhf-Uhff-Uhf-Uhff”. Una aguja, clavada en la vena, introducía el suero en el circuito sanguíneo tratando de mantener alimentado aquél cuerpo inmóvil…


“¡¿Qué ha pasado?! ¡ ¿Dónde estoy?!” trataba de recordar aquél hombre.
“¡¿Por qué no puedo moverme?!” “¡¿Quién me ha puesto ese tubo que me golpea los pulmones?!. Seguro que se trata del mismo que me clavó la púa en el brazo que me está matando.” Intentaba responderse.





Oyó como una puerta se abría.
“Debe ser la de la habitación”
Ruido de pasos que se acercaban.
“Perfecto, vienen a quitarme todo esto que me han puesto, me despertarán y podré por fin largarme al despacho. Con la cantidad de trabajo que tengo pendiente. Venga, venga. Daos prisa que no tengo excesivo tiempo” les apremiaba.


Habían entrado en la habitación de la U.V.I. los dos médicos que atendían a aquél individuo ingresado hacía unas horas por un politraumatismo importante. Uno de ellos ojeaba la historia clínica del enfermo. Tras un minuto de silencio el otro le preguntó:


- ¿Cómo lo ves?.
- Grave – se interrumpió en la lectura y levantó la mirada hacia su colega– muy grave. El edema no detiene su crecimiento y la presión acabará dañando el cerebro.
- ¿Quieres decir qué… - se detuvo en lo que iba a decir - … puede oírnos?
- No. En absoluto.


“¡¡ ¿Pero cómo qué no os oigo? ¿Pero cómo qué muy grave?!!”. Gritaba con desesperación aquél amasijo de carne del que sobresalían un centenar de cables “¡¡ Os oigo perfectamente y ya estáis desenchufándome de todo esto rápidamente que sino os meteré un pleito que no habrá compañía de seguros qué pueda responder de la indemnización. Inútiles ¡!”


- ¿Quieres decir qué –continuó con su pregunta- las lesiones serán irreversibles?
- Más que eso. Las lesiones, a no ser que se produzca un milagro, serán mortales.


“¡¿Mortales? ¿Pero qué está diciendo ese?¡ ¡ Si me encuentro perfectamente. Inmóvil, eso si, pero perfectamente! ¡¡ ¿No habrá nadie responsable en éste lugar qué sepa lo que se lleva entre manos?!!” Y en algo que a él se le asemejó a un grito, ordenó a los individuos que (imaginaba) le estaban contemplando “¡¡A ver. Que venga el jefe del servicio!!. No, no. ¡¡El director médico!! O mejor aún ¡!el director del hospital ¡!”.





Totalmente ajenos a la impaciencia del doliente, los médicos continuaban con su conversación.


- Ha tenido mala suerte –continuó el que había profetizado la defunción.
- ¿Qué ocurrió?
- Un accidente de circulación. Con una bicicleta.
- ¿Se dió contra un camión?
- No, que va. Fue atropellado por una bicicleta. Él era un peatón.
- ¡¡ ¿Por una bicicleta? ¡! –un atisbo de sonrisa asomó en la cara del galeno- ¡¡ Menudo golpe ¡!. – Ahora la sonrisa era franca y abierta –
- ¡ Venga ¡ - reía el otro médico- ¡ Vámonos que aún con nuestras carcajadas lo vamos a despertar ¡ Jajajajajajaja.


“¡¡Una bicicleta!! ¿Pero qué están diciendo estos?” , bramó desde su inconsciencia el enfermo. “Recuerdo” buscaba en los archivos de memoria “recuerdo que esta mañana… ¿o fue ayer? Bueno, tanto da. ¡Una mañana de estas! Si. A ver ¿Cuándo llevé el Ferrari Testarrosa a su revisión semanal? Siiiiiiiiiiiiiiiiii. Fue ayer. Ayer por la tarde, que me dijeron lo tendrían para esta tarde porque tenían muchísimo trabajo. ¡¡ ¿Muchísimo trabajo con sólo dos Testarrosa en Barcelona?!!” “Bueno” recordaba que le había dicho el mecánico “¡pero es que los dos han venido el mismo día y, ya sabes (en determinados talleres todos nos hablamos de tú) siempre se atiende al Ferrari más moderno! Por aquello de que las prestaciones necesitan cuidados inmediatos ¿eh?”. “De acuerdo, de acuerdo. Pero mañana por la tarde estoy aquí como un clavo. Que al día siguiente tengo que ir al aeropuerto y coger un A380 para ir a Dubai que tengo una suite reservada en el BURJ AI ARAB ” insistí “No te preocupes. Aquí lo tendrás”.


Volvió a oír la puerta de la habitación. Era la enfermera que se le acercaba. O eso supuso porque no la veía. La mujer que acababa de entrar miró el nivel de los líquidos de las bolsas que pendían del “colgador” y comprobó que las agujas continuasen en su sitio y en perfecto funcionamiento. Luego se arrodilló para ver bajo la cama el nivel del saco del pipí.


- Habrá que cambiarte la sonda “meoncete” - Le dijo la ATS con aquél lenguaje de cariñosa reprimenda hospitalaria.


Así que la Diplomada en enfermería hurgó bajo las sábanas en busca del “aparato” en el que estaría incrustada la entrada del dispositivo.


- ¡A ver por dónde anda la “pequeñina” ¡ - decía mientras levantaba la sábana - ¡ Holaaaaaaaaaaaaaaa ¡ - parodiaba con eco el vacío bajo la sábana.


- ¡ Por Dios ¡- soplaba ahora impaciente la vocacional ATS- Seguro que no te ganas la vida haciendo películas “porno”. Ahí está. Venga. ¡Cambiada¡ Me voy a hacer un mapa para encontrártela la próxima vez que venga. Jajajajajajaja.





“Pero qué cachondeo de hospital es éste” protestaba enérgicamente el peatón atropellado en el lecho del dolor “No paran de mofarse de uno. Total. Por un accidente de nada” “¿Por un accidente de nada?” empezaba a rememorar el accidentado “¡¿Pero cómo voy a estar yo así por un accidente de nada?! Una persona como yo, tan importante, ¿cómo me podía accidentar con nimiedades? ¡Atropellado por una vulgar bicicleta! Con mi cultura, con mi dinero, en definitiva, con mi clase ¡Qué vergüenza, Dios mío! ¡¡ Una bicicleta ¡! Estar así por haber sido embestido por una bicicleta ¡Qué van a pensar mis empleados ¡”.


Ya empezaba a imaginar los corrillos que, con toda seguridad, se estarían formando en su empresa, un próspero negocio de consultoría de consultorías de empresas, muy de moda en aquella época.


- ¿Sabéis lo que le ha pasado al ‘boss’? ¡Ha sido atropellado por una ‘Orbea’! ¡¡ jajajajja!! – aquí la carcajada ya sería abierta, descarada, sonora y generalizada.


Y el oráculo de la empresa, oficioso cargo que suele ostentar un empleado de toda la vida a las puertas de la jubilación, casi sin poder articular palabra por el efecto de las carcajadas en su boca, continuaría:


- La bicicleta lo dejó tumbado en la acera, en el cruce de Diagonal con Paseo de Gracia a las ocho y media de la mañana ¡¡ Menudo espectáculo se organizó¡!.
- ¡¡ Le quedaría el traje lleno de arrugas ¡! – comentaría otro sin piedad – Y eso le cabrea un montón.
- ¡ Para una vez que se le ocurre venir andando ¡ ¡ Zas! ¡ Lo tumba una bicicleta ¡ Bueno. Al menos ha sido el primero en ser enviado al otro barrio por una bicicleta –diría alguien lleno de sarcasmo- ¡ Con lo que le gustaba a él ser el primero en todo ¡





“¿Pero cómo voy yo a morirme de esto? No puedo. No lo consiento. Un hombre como yo, si se tiene que morir accidentado, debe hacerlo, como mínimo, por un accidente de aviación. Pilotando su jet particular. No puede hacerlo atropellado por una dos ruedas que, a buen seguro, era de algún o alguna indocumentada” y proseguía el futuro difunto con su angustia imaginándose los titulares de prensa: “Peatón muere atropellado por una ciclista en la confluencia de Diagonal con Paseo de Gracia. Así, con la noticia en portada, por ser el primer imbécil que se deja atropellar por una bicicleta” , pensaba.


“¿Y la que se organizará en el funeral? Ya veo a la gente en casa dándole el pésame a mi familia. ‘Lo siento, dirán, te acompaño en el sentimiento de vergüenza que debes tener’, para desternillarse de risa a continuación”.


“No. No puedo soportar tal escarnio. Un tipo como yo no puede morir de esta manera. Si no es con mi jet privado, al menos que muera derribado por un Mercedes SL 600, ¡¡ pero por una bicicleta ¡!. Hay que tener dignidad para morirse y eso no es morir dignamente siendo quién soy. Así que voy a arreglar esto inmediatamente. Tocaré el timbre y que venga la enfermera para que avise a mi familia. Quiero que me criogenicen y que, cuando haya un escenario adecuado y digno para que me muera, que me descongelen y ¡ala! ¡ a morirme de lo que quieran. No de lo que quieran no. De un accidente digno ¡. Lo dicho. Voy a llamar”


Intento vano. El doliente paciente no movía ni una pestaña.


“¡Joder! Pero sino me puedo mover. A ver…. Uuuuuufffffffffff ……uuuuuuuuufffffffffff… ¡¡ Nada ¡! ¡¡ Me cagonlaput…!! ¡ Y ahora se va la luz ¡ Otro esfuerzo ¡… Vamos, vamos…¡¡ Bueno menos mal que ya veo una luz allá al fondo… ¡ Caray ¡ ¡ Qué intensidad y se va acercando ¡ ¡¡ ¿Quiere alguien quitar ese foco de ahí que me va a quemar las pestañas?!!”, gritaba sordamente el moribundo “¡Coño si me voy hacia la luz! ¡¡¡ ¿ Pero que es estoooooooooo?!!!”


“ppppppppppppiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii”


La línea verde que cruzaba la pantalla del encefalograma de punta a punta certificaba el ‘exitus’ del primer peatón muerto por el atropello de una bicicleta en Barcelona. Un peatón avergonzado de la suerte de su muerte.


De pronto se oyó el sonido de una carcajada desde las profundidades de la nada. Era Lucifer que se reía porque el peatón ignominiosamente fallecido había ido a parar al cielo. Y ya se sabe que, en el cielo, todos van pedaleando…

El préstamo

El préstamo - ¡ Por fín acabé de pagar la hipoteca del piso ¡ - dijo mi amiga llena de alegría - ¡ Ya es completamente mío y no tengo de “copropietario” al banco ¡!


- Siento aguarte la “fiesta” –le respondí muy seriamente - pero sigues teniendo el piso prestado.


- ¿ Pero qué dices? Mira, mira lo que pone aquí –esgrimía pasándome por los ojos la escritura del piso- “Libre de cargas y gravámenes”…


- Insisto. Has comprado algo que tienes a préstamo, sino, contéstame a ésta pregunta ¿te llevarás tu casa a la tumba?


Ha sido una conversación de esta misma mañana con una compañera de trabajo. Cuando ha salido de mi despacho, algo más cabizbaja que cuando entró, he continuado en silencio haciendo balance de las vivencias, de esos momentos que he pasado con mi familia, con mis amigos, con los que quiero y que me voy a llevar “allí dónde sea” y el tiempo que no he pasado con ellos porque lo he empleado trabajando intentando ganar más dinero para adquirir propiedades que tengo "prestadas". Me di cuenta de lo ambicioso que soy porque no quiero nada prestado. Quiero más momentos para llevarme.